La excursión era aparentemente de unos 5 kilómetros, salimos cerca de las 11:30 andando un kilómetro cuesta arriba por la carretera de Lomba, dónde dejamos los coches. Llegamos al indicador de fajã de Pedro Vieira, dónde alguien había pegado una nota manuscrita: ‘No aconsejable’.
El descenso se complicó a partir de los 100 metros del comienzo. Aparecieron las primeras trazas de barro y vacas que se cruzaron en nuestro camino.
Nuestro punto de destino era un farallón sobre una costa rocosa. Tras superar los primeros quinientos metros con más barro rodeados de hojas y flores de menta, llegamos a una zona boscosa que envolvía un arroyo.
Tras atravesar el arroyo, el camino empezó a cerrarse más y más, ya no hasta un ‘tubo verde’ sino hasta una auténtica selva.
Pasamos junto a la piedra de la montaña.
Era evidente que este sendero no se había transitado en meses.
La cosa se llegó a poner tan difícil que parte de los expedicionarios dieron la vuelta, el camino se perdía.
Llegando al final, tras abrirnos camino como pudimos y meter los pies en barro algunas veces hasta la rodilla, llegamos a una zona de cañaveral muy poblado y grueso.
Al final, una playa de callaos sobre la que la fuerte resaca hacía retumbar un movimiento de rocas con sobrecogedor estruendo.
Nuestra sorpresa fue ver llegar a algunos rezagados más del grupo, que asomaron entre las cañas en medio de gritos y risas.
La playa estaba llena de restos de todo tipo de artilugios, parecía un naufragio. Los pies de los recién llegados decía mucho de lo pasado.
El camino de vuelta se nos antojaba casi imposible por dónde habíamos venido. José Manuel, Jesús y Fran encontraron lo que parecía una vereda alternativa. Yendo al extremo derecho de la playa, hubo que pasar la desembocadura de un arroyo.
Ascendiendo por un camino casi cerrado por las coumeiras empapadas (Había seguido lloviendo) dejamos la playa y el arroyo atrás.
La subida era una pendiente muy pronunciada, que hicimos de un tirón, evitando pararnos, pese al cansancio.
Llegamos para nuestra sorpresa a salir a las calles de Caveira
que está cinco kilómetros más lejos de nuestro punto de comienzo de descenso.
Tuvimos que andar esa distancia por la carretera de Santa Cruz a Lajes en dirección sur, más otro kilómetro que nos separaba de los coches. Total, más de cuatro horas de marcha acumuladas.
Cena (Ya concertada) en ‘A casa da Vigia’, un restaurante italiano caro especializado en pescados en Fajã Grande.
Para acabar la noche, volvimos hacia Lajes en medio de una profunda niebla crepuscular y tomamos nuestra última consumición en el restaurante de nuestros amigos Anatoli y Elena.
El techo de dentro del local está lleno de los banderines con el pabellón de cada uno de los barcos que han pasado por el puerto de Lajes.
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