Enebros y musgo cubren todo el entorno.
Después de una subida muy empinada, entramos incluso en zona de bruma.
Tocando el musgo mullido tenemos la sensación de una suave esponja. El agua se concentra en altura y comienza a hacer torrenteras por todos lados.
A una cierta cota desaparece incluso el enebro, vemos en la lejanía la costa y Fajã Grande,
pero no sabemos cómo bajar hasta allí. Tras seguir la pista arcillosa y alcanzar Caldeira Branca,
encontramos un alemán con aspecto de guía profesional reconociendo el terreno. Nos confirma que hay que bajar por la derecha, por la ruta señalizada PR1, FLO.
Comienza un descenso de vértigo.
Atravesamos ‘tubos verdes’, pero sobre todo bajamos, bajamos, bajamos.
Hasta que las piernas llegan a temblar del descomunal descenso.
La recompensa está al final prácticamente a nivel del mar: Campos parcelados con una textura arácnida.
La poza y la espectacular cascada, una de las muchas de esta zona
Nos bañamos en el agua fresca de la poza para reposar de las 3 horas y media de caminata que pesan sobre nuestras piernas
Cinco se quedan y seis partimos por el camino que deberíamos haber hecho a la ida, bordeando el acantilado de coumenia y laurisilva. La subida es resbaladiza y muy exigente. El sol de la tarde nos machaca desde el Oeste. Sudamos sin parar. Atravesamos multitud de cursos de agua que caen hacia el mar.
Las hortensias vuelven a adueñarse del territorio, ahogando casi al enebro.
Llegamos por fin a una cota desde la que volvemos a ver el Faro del que partimos.
El espectáculo no es solo el faro, sino el islote de Gadelha, el faro y al fondo, nuestra etapa de mañana, la isla de Corvo.
Los últimos kilómetros ya son con una brisa más agradable y pasando por más torrenteras,
sendas de vacas, varios ‘tubos verdes’ y más hortensias. Comemos una moras de los zarzales y Jesús encuentra oloroso poleo.
Las vacas de esta isla tienen los cuernos muy pequeños
Para terminar la jornada de marcha tras 6 horas y media de andar, una camioneta sube a José Manuel y Pedro en la trasera para subir los dos últimos kilómetros (Casi 100 m de desnivel) hasta dónde quedaron aparcados los coches.
Un último esfuerzo: recoger al esto del grupo que quedó en Fajã Grande, paa bañarse en la playa. Una puesta de sol sobre el Atlántico acompaña el final de la jornada.
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