jueves, 7 de agosto de 2008

Azores, 04-08-2008

Desayuno a olvidar y compra en el supermercado al sur de Lajes.
Salimos tarde hacia la capital. Paramos a las 11:30 para reservar la comida, pero hay división de opiniones y finalmente se parte el grupo en dos: Los mayores tomarán caldeirada, los jóvenes se irán a las piscinas de agua de mar.


Vamos al norte de la isla, soleado hasta el mirador sobre la iglesia de Fazendas de Santa Cruz, brumoso al tomar cotas más altas.

Las hortensias empiezan a invadir todas las lomas, las lindes, las caidas, los laterales de la carretera.
Un musgo amarillento y mullido adorna el resto de las floridas cunetas.

La niebla añade un misterio adicional, un velo que no conviene descorrer hasta un poco más adelante, para que su belleza salvaje no nos deslumbre sin remedio.
Siguiendo la carretera hacia Ponta Delgada (De Flores), paramos poco antes de Ponta Ruiva, y bajamos por un resbaladizo ‘tubo verde’

Una maravilla de exhuberancia que nos envuelve y nos subyuga.

Aún más lejos, llegamos al Faro de Ponta do Albarnaz, extremo diagonalmente opuesto a nuestro faro de Lajes. Allí vacas y terneros que no quieren destetarse junto a un espectáculo que nos ha dejado sin habla: El azul lechoso del mar rompiendo al norte de la isla, un baile casi inmóvil de espuma al fondo de unos acantilados que miran al islote de Gadelha.

Avistamiento detrás de él de una cascada que se precipita casi un centenar de metros en vertical por paredes absolutamente verde. Eso será parte de nuestra etapa de mañana.

Comida en Santa Cruz Das Flores, en el polígono junto a la pista de aterrizaje del aeropuerto.

Una caldeirada de congrio, lapas, cebolla, pimiento, pimentón… que resucitaba a un difunto. Recordaba el ceviche peruano. De postre un pastel de moka y nata con gelatina de naranja.

Visita al Museo Baleneiro a las 16:00 (Paran de 12:00 a 14:00 y cierran a las 17:00, como muchos otros comercios aquí)

Tere se encuentra indispuesta y volvemos a Lajes para que repose. Su prima Maite la cuida y queda en descanso. Es baja los días siguientes.

La rueda del Toyota azul acaba deshinchándose y nos vemos –con alivio- en la tarea de cambiarla por la de repuesto, en mucha mejor condición. Tras eso el ruido que nos perseguía desde el primer día desaparece para nuestra tranquilidad.

Bajamos a la playa de Lajes. Tras bañarse sólo Pedro, Leticia, Fátima y Carmen, petanca improvisada con cantos, conversaciones sobre deportes y las diferencias entre hombre y mujeres, colección de piedrecitas, recogida de algunas medusas para limpiar ‘nuestra’ playa. Estamos solos los once en esa pequeña cala que ya nos es familiar.

Cena de nuevo dividida. Los jóvenes se quedan en las casas. Los mayores, pizza vegetal –hoy mediana- y dos platos de sardinas con guarnición de patata cocida y ensalada en el bar de Lajes. La camarera igual de agradable, con su portugués y ganas de aprender español. Al anochecer, los gritos guturales de las gaviotas y la luz del faro de Lajes sobre nosotros.

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